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Comentarios críticos en torno a la obra de
Fernado Rivero
Antonio Morales, Director de la revista "Correo del Arte" y miembro correspondiente en Madrid de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo escribe que
"…Yo siempre he dicho, y me reafirmo al contemplar lo realizado para esta su última exposición en
la Galería Sokoa, que Fernando Rivero es el más
grande bodegonista, o pintor de naturalezas muertas, que ha dado España desde que nos asombraran las de Sánchez
Cotán, Zurbarán, Valdés Leal y, más tarde, Luis Eugenio Melendez."
Antonio
Manuel Campoy, uno de los críticos de arte que en más
ocasiones han escrito de Fernando Rivero
y prologado catálogos de sus múltiples exposiciones
"...Todo me sorprende por su perfección, por la vida
que tiene todo, por ser todo eso hijo de largas horas
vocacionales, creadoras, laboriosas horas fecundas que Fernando
Rivero entrega a las cosas que ama, esas flores,
esos frutos, esos objetos que ya han dejado de ser lo que
eran para convertirse en pintura pura. Puede que toda la maniera
grande esté sobre todo en las cosas mas sencillas y
humildes, en una botella de Morandi, en un periodico de
Juan Gris, en unos cacharros zurbaranescos, en una
verdura de Sanchez Cotán, en la encendida rosa de Antonio
Moro, en las cosas mínimas que pinta Fernando
Rivero en el oasis madrileño de su estudio. De
ellas, de las pequeñas cosas pintadas, suelen ser la
gloria. Las pequeñas cosas que pintaba Chardin
permanecían en la penumbra porque toda la luz cortesana
la acaparaban los resplandecientes pintores de Versalles;
pero, a la postre, todo aquel tiempo es el
tiempo de Chardin. Muy buena parte de su tiempo será de
Fernando Rivero, cuya gran hazaña es
dotar, otra vez, de fresca vida al realismo, sácandolo
del panteón en lo que tienen sumido los hiperrealiastas,
verídicos pintores de naturalezas muertas. Las
naturalezas de Fernando Rivero, por el
contrario, están vivas, vivas como uno cardo de Sánchez
Cotán, como unos nabos de Chardin, como unos pucheros de Zurbarán, como la rosa
Tudor de Antonio Moro..."
Augusto
Manuel Garcia Viñolas, afirma que "ha preferido
dejar a las cosas en lo que son, limpias de toda
anécdota convencional, a solas en su íntegra evidencia
que se adelanta hacia el espectador con una impresionante
autoridad desde un fondo, siempre en negro, que respalda
a la imagen en el cuadro. Este silencio que guarda la
perfección de una figura impasible tiene ya de por sí
una extraordinaria elocuencia. La apariencia real de las
cosas fijadas en el lienzo por Fernando
Rivero ya no pueden dar más de sí. El realismo
ha sido estirado al máximo. Su pleno dominio de la forma
le permite al pintor no negarle nada - arruga o mancha o
sombra - a la naturaleza propia de las cosas. Pero sería
negarle nosotros a ese dominio su mejor victoria si no
añadimos que, al otro lado del respetable asombro que
produce siempre la verosimilitud de una imagen, se
levanta una como religiosa emoción estética ante la
obra bien planteada, que nos hace olvidar,
incluso, la perfección formal de donde procede".
Francisco
Prados de la Plaza escribe que "no es el sólo
lograr el parecido, es crear una nueva versión de la
realidad. Presentar, como presenta Fernando
Rivero, una ilusión, de realidad, ilusión firme
que no se desmorona ni aún sometiendo el cuadro a las más
rigurosas observaciones con ayuda de lentes y lupas. Es
entonces, tras esa prueba curiosa, cuando se descubre que
Fernando Rivero es un sobresaliente en
este arte del realismo más exigente. Es la captación
plena del detalle, plasmado con un oficio que convence,
tras que el existe un técnica muy matizada y personal,
porque naciendo del dominio común que la técnica de la
pintura impone, se ve además enriquecido y personalizado
en el caso de que se trate".
Mario
Antolín, añade que "Rivero es un
pintor pleno de calidades y de dominio de su noble
oficio, que canta en cada óleo la sencilla humildad de lo
pequeño. Su realismo, de raíz española...no se funde en
la niebla borrosa del recuerdo ni enturbia sus perfiles
con el ensueño más o menos forzado de su mundo interior. Rivero
se limita a trasladar al lienzo, convertida en pintura,
la realidad de las pequeñas cosas, que a la fuerza de ser
vistas jamás hemos mirado, y nos descubre en ellas una
suave belleza que nosotros, que no somos artistas, no
habiamos sabido descubrir. Pero lo que, a mi juicio, da
calidad auténtica a la obra de Fernando Rivero
es que esa realidad que nos ofrece no es una copia de la
realidad que nos circunda, sino una inteligente,
poetizada y clara realidad pictórica".
Con
motivo de una exposición en Nueva York, escribió George
W.Staempfli que "pinta naturalezas muertas y
bodegónes con objetos de la vida cotidiana, frutas y
flores, con un meticuloso realismo. Existe un perfección
miniaturista en ellos produciendo un efecto
tridimensional ilusorio, trompe l'oel, que se concentra
con delicadeza en los detalles mas diminutos, en cada
fibra, en cada destello de color. Sus naturalezas muertas
forman parte de siglos de vieja tradicion que empezó en el
siglo XVII con Caravaggio hasta alcanzar su máximo
desarrollo con Baugin, Velázquez y Zurbarán. Aunque la
obra de Fernando Rivero tiene un fuerte
sabor de Realismo español, la raíces de su forma de ver
las cosas, se remontan a los artistas italianos y
flamencos de los siglos XVII y XVIII. Quizás la
influencia más fuerte y más importante es la obra de
Zurbarán, cuyas composiciones, aparentemente casuales,
la utilización de destellos de luz para hacer resaltar
zonas de colores resplandecientes sobre fondos
misteriosos y oscuros, son típicos también de la obra de Rivero
Ambos pintores logran una representacion pictórica
coherente gracias a la cuidadosa combinación de colores
y formas, y al equilibrado contraste entre las zonas
sombreadas y los repentinos destellos de luz".
José
Pérez Guerra por su parte escribe que "es un artista
que ha asimilado técnicas y criterios y ha puesto el
testigo de las resoluciones un poco más lejos y pinta con
una pureza pocas veces vista, una pureza que se inicia
con el boceto. Con el dibujo, con ese sentido de la
proporción que hace brotar formas en el espacio que van
configurando composiciones con aire armónico. No se va
al tema monumental, fácil a la retórica; ni a querer
explicarnos las abstracciones que estan en todo ser
pensante; tampoco necesita recursos barrocos para
mejorar, como una especie de notas del autor, un discurso
recargado, farragoso o simplemente vacio..."
Y
por último con motivo de una nueva exposición en Madrid,
en el diario Cinco Días: "Sus fondos oscuros y
neutros resaltan esas naturalezas muertas de pocas piezas
(un jarrón de flores, un cesto de limones, una balanza
con uvas o unas cuantas mandarinas, por ejemplo), siempre
bien descritas y centradas sobre la tela. Sus certeras y
precisas pinceladas cuidan con detalle cada milímetro
del cuadro..."
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Fernando
Rivero, la voz de las cosas.
Pedro Brosa Ballesteros
Coleccionista de Arte/Abogado (1985)
Si
fuera posible concebir el bodegón ideal, por mi parte,
me gustaría ver conjugada en una misma obra la sobriedad
temática española del siglo XVII con el preciosismo
sensual y delicado de los grandes maestros del género
del barroco holandés y flamenco y el cromatismo italiano
del seiscientos. Todo ello enfocado bajo un suave trompez
l'oeil que tan sabiamente practicaron los
bodegonistas franceses de la misma época.
¿Cabe
esperar este resultado?. Y si fuera posible, ¿se
desnaturalizaría el encanto propio de cada una de las
escuelas?
Tal vez
sin haberse formulado la pregunta, Fernando Rivero nos ha
dado la respuesta. Sí, es posible. Tan posible, que el
bodegón ideal ha surgido de sus manos precisamente como
el bodegón real. Y los diferentes encantos se
suman en su obra sin anularse unos a otros.
La obra
de Rivero traslada a nuestros días los grandes aciertos
del mejor bodegón surgido durante el siglo de oro de la
pintura europea. En un prodigio de equilibrio podemos
descubrir armonizados, la simplicidad temática de
Zurbarán, la finura y el preciosismo de un Osias Beert o
de un Claesz Hewda, la luz cromática de Caravaggio y la
pupila brillante de Baugin.
Y de todo
ello al servicio de la humildad radiante de las cosas.
Se ha
dicho demasiadas veces que el bodegón es un género
menor de la pintura. Naturalezas muertas frente a las
exaltaciones vivas. Históricamente, obras de simple
ornato y complemento de palacios o mansiones. Jamás se
presentan como obras de ambición. Y sin embargo, han
suscitado siempre las delicias de los amantes del arte.
Yo no
comparto la minusvaloración de este género.
Afortunadamente asistimos hoy a un acusado renacimiento
en el aprecio del bodegón. Además de los especialistas,
todos los grandes maestros lo incluyeron en su obra de
una forma u otra. Velázquez, Rembrandt, Goya, Zurabarán,
Caravaggio, Verner de Elf... pintaron soberbios
bodegónes. Todos ellos supieron dignificar con su paleta
el encanto callado de las cosas... No hay género menor.
El bodegón es importante, porque la maravilla de la
pintura jamás podría circunscribirse a un tema. Pintar
la voz de las cosas posiblemente requiera, incluso, más
maestría que arrebatar desde el lienzo la emoción de las
personas.
Y en
el caso de Rivero es evidente que estamos ante un gran
maestro del género y, sobre todo ante un gran pintor.
Quiero
fundamentar en seguida tan osada rotundidad de juicio.
Rivero
no es un bodegónista normal ni admite los
encasillamientos conceptuales tan en boga, porque no
busca afirmar su personalidad a través de distorsiones
efectistas ni exageraciones hiperrealistas. Tampoco se
culmina a sí mismo en un puro prodigio técnico, ni
debemos considerarle únicamente un simple cronista
de las cosas. Rivero pinta la realidad, con toda
la sencillez y con toda la hondura y riqueza de matices
que ello supone. Pero niego que su obra sea mera copia o fotografía
de esta realidad, ni tampoco efectismo o interpretación
sofisticada. Esto sería quedarnos en la superficie del
artista, en una visión hueca y fria de quien ha puesto
dosis indigentes de amor y sabiduría en su retina y en
su corazón.
Rivero
hace algo mucho más dificil: ama las cosas, las elige
cuidadosamente, se identifica con ellas y las recrea. Con
él, lo más sencillo y lo cotidiano se eleva a nivel de
categoría para deleite de los sentidos. Los objetos
viven, ensimismados, en la soledad brillante del
claroscuro con que los rememora, aislados de cualquier
entorno, para ensalzar su presencia. Las frutas, las
canicas, las tablas, los trapos, las balanzas, inician
con nosotros un diálogo de complicidad. El mismo que él
ha ido sosteniendo con ellos en el laborioso proceso de
su recreación. Y este diálogo esta ahí, emergiendo de
cada lienzo, apresado en el instante mismo de la
concepción del cuadro, o de la observación fugaz del
objeto.
En los
lienzos de Rivero el tiempo se ha detenido. La mirada
queda prendida entre el pasmo y la delicia, y el instante
aquel en que las cosas fueron. Se perpetúa
milagrosamente con todo el esplendor de su belleza. Un
halo de emoción -alma del arte- transciende desde el
cuadro a quien lo mire. Se comprende entonces que Rivero
ha conseguido como pocos alcanzar la misión sublime del
artista, aquella que, en palabras de Ortega, consiste en perpetuar
lo efímero.
Si
esto no es pintar ¿qué ismo puede serlo entonces?
Rivero
no precisa exaltaciones críticas ni dogmatismos
subjetivos para acreditar su arte. Resbalarán
por su obra tanto el lenguaje estéril y esotérico del
halago fácil como la presunción intelectual
descalificadora. Su obra permanecerá ahí, popular,
directa, provocando el asombro y la emoción de quien lo
contempla, porque en ella vibra un mundo que es de todos:
el mundo humilde de lo vanal y lo cotidiano,
redescubierto y revalorizado por la pupila brillante y
excepcional de nuestro artista.
El
mundo de Rivero es el mundo de las frutas turgentes o
manchadas, sobre el trapo viejo deshilachado o sobre las
tablas rústicas de una caja de embalajes; la báscula antigua, con pesas de hierro y la cuenta de la compra;
el molinillo de café: los libros
raídos; las canicas sacadas de nuestra infancia; la
vieja máquina de escribir con su abandono etiquetado en
la casa de empeños; el papel de estaño; el botijo y la
silla de anea vacía, con la labor olvidada por un
instante...; el cucurucho de cacahuetes o de pipas...
¿queremos algo más simple, más enternecedor?. Sí, las
flores, las primorosas flores salidas de su mano, con la
misma fragancia humilde y gozosa que tenían aquellas que
se le caían a Fray Luis o al mismísimo de Asís.
¡Qué
riqueza de matices y colores!.¡Qué caudal de observación
sin que el detalle ahogue el concepto unívoco del
cuadro!.¡Qué perfección de dibujo y de ejecución! ¿Por
qué huir de la perfección en aras de hipócritos ismos
si se domina la técnica? Ah, si los no académicos
supieran pintar así...! ¿Y la luz? en la luz de Rivero
radica gran parte del misterio y alegría de sus cosas.
Uno no sabe bien si en sus cuadros la luz está recibida
o emanada. Y es que ¿Sabéis? Tal vez él no lo sepa.
Pero Rivero no es pintor. Sólo es poeta.
"poeta
de las cosas deslumbradas...
tú
el pincel, los lienzos tus palabras".
Y
sólo una cosa más para descubrir al hombre.
Rivero tampoco es pintor de cosas. No,
pinta al hombre. Sí, al hombre. Ese hombre que se escapa
de su técnica está presente en sus cuadros. Su
humanidad rezuma agazapada detrás de los objetos.
Miradlo bien. En sus cuadros vibra el calor humano del
ser que las puso ahí y vive con ellas. Dicen de su
descuido o cuidado, de su hacer o de su espera, de la
historia y los recuerdos apegados, del tiempo quieto o la
pequeña anécdota o de la ilusión que ha de venir; del
contacto con la vida que impregna de vida misma los
objetos hasta darles una voz, un ente de presencia. Los
cuadros de Rivero no son ya naturalezas muertas.
En su arte se ha trastocado el género. El pinta
naturalezas vivas.
He
visto la exposición de Rivero y regreso a casa con el
alma hinchada de emoción y gozo. Al entrar, los muebles,
las sillas, el mantel, las frutas, me sonrién. Los miro
agradecidos como si los viera por primera vez. Mi
mundo se ha enriquecido y mis objetos respiran
callados el encanto de su existencia. Una inquietante
pregunta se asienta de pronto en mi mente ¿acaso en el
mundo hay alguna cosa sin alma?
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